D. JOSE MARIA FOLCH I TORRES
FOTOGRAFIA ESCANEADA DE UN LIBRO QUE TENGO EN CASA
HE ESCANEADO ESTA HISTORIETA EJEMPLAR-SI CLICÁIS AGRANDARÉIS LAS IMÁGENES-ABAJO LA TRADUZCO AL CASTELLANO.
BONES TARDES:
Tradueixo aquesta Historieta Exemplar una de les que van fer les delicies de la meva infantesa. El seu autor D. Josep Maria Folch i Torres, va morir quan jo tenia un any , pero el meu pare, amb va comprar noves edicions.El seu gendre el Dr. Enrich Renau i Hornos, va ser el meu pediatra i metge de la familia.
PAU I BE
Desde Valencia amb carinyo
BUENAS TARDES:
Traduzco al castellano esta Historieta Ejemplar, una que hicieron las delicias de mi infancia.
Su autor D. José Maria Folch Torres, murió cuando yo tenía 1 año, pero mi padre me compró nuevas ediciones. Su yerno el Dr. D. Enrique Renau i Hornos fue mi pediatra y médico de la familia.
LA EXPLOSIÓN
Cuando en el pueblo se tuvo la noticia de la terrible explosión que había habido en las minas, la consternación fue general, ya que eran algunos vecinos del pueblo que trabajaban allí.
-¡Hijo mío!-Exclamó Marta, cuando supo la noticia de la catástrofe-Corre, hijo mío, ves a buscar noticias de tu padre. Yo, pobre de mi, no puedo moverme de tan enferma como estoy. dicen que son numerosos los fallecidos y que son pocos los que se han salvado. Dios haga que tu padre sea de estos.
Bernat emprendió el camino enseguida. Para llegar al lugar de las minas había que andar tres horas, y eran muchos los que aquel día iban en busca de las noticias de la desgracia.
Bernat fue de los primeros en llegar y esto que sus pocos años no le daban ninguna ventaja.
Pero corrió todo el camino, con el corazón alterado y con el afán de salir pronto de dudas.
Cuando llegó, aún estaban sacando muertos y heridos de la oscura garganta de la mina. El hospital ya estaba lleno, y aún llevaban más.
Bernat entró. Como un loco, corrió de una cama a la otra, pero era imposible reconocer a los heridos. Los que habían sufrido la primera cura iban todos envueltos, y no era fácil reconocerlos; y los que aún no los habían curado tenían el rostro tan enegrecido y descompuesto por la explosión y las quemaduras que aún dificultaba más la indentificación.
-¡Padre, mi padre!-gritaba el pobre Bernat, corriendo de una sala a la otra de el hospital.
Un interno se compadeció
-¿Como se llama tu padre?
-Bernat Gil.
El empleado resiguió la lista de los identificados y dijo:
-Es el número 36. Allí lo encontrarás.
No se lo hizo volver a decir. Sin hacer caso del gentío que había invadido las salas, ni de los gritos y las lamentaciones de las mujeres, Bernadet se abrió paso a golpes y empujones, hasta que llegó delante de la cama nº 36
¡Qué terrible impresión le esperaba! el pobre herido parecía un montón de algodón y gasa . A duras penas se le veían los ojos.
-¡Padre mío, padre mío!-exclamó Bernadet acercándose.
El herido estaba inmóvil.
-¿Padre, no me conoce? La madre no puede venir,¡porque está tan enferma!
Quiso entonces cogerle una mano, para comprobar si el herido entendía lo que le decía.
Pero, al destaparlo un poco, vió que tenía todo el cuerpo vendado, incluidos los brazos.
-¡Padre mío, padre mío! Como debes padecer!
El médico pasó, acompañando al juez, que hacía la encuesta del suceso.
Bernadet se dispuso a escuchar bien lo que el facultativo diría de su padre.
-Aquí ahi uno que está hecho una calamidad, no creo que lo podamos salvar.
El médico se interrumpió, al oir un lloro detrás suyo. Era el pobre Bernadet, que acababa de oir la horrible sentencia.
-¿Qué es tu padre, quizás?
-Si, si Sr. médico cúrelo, no nos lo deje morir, por el amor de Dios. Tanto que nos quería, tanto que todos lo queríamos, no nos lo deje morir Sr. médico
El médico le hizo una caricia en la cara por respuesta y prosiguió las visitas a otros heridos.
Bernadet se quedó llorando al pensar que¡ no podía hacer nada por su padre moribundo!
-¡Padre mío, padre mío...-gemía el infeliz.
Cuando el enfemero le dejó la botella y una cuchara y le dijo que debía darle cada dos horas una cucharada de aquella medicina.
Y no se olvidó, ni durante todo el día ni por la noche tampoco. El herido había hecho un movimiento de ojos como indicando que le complacía el pequeño enfermero, y eso le había llenado de esperanza.
A medianoche el enfermo se lo volvió a mirar y sus ojos se nublaron de lágrimas.
-No llore padre, no llore, que si Dios quiere se pondrá bueno. Ahora, yo soy aquí, y no me moveré hasta que todo haya pasado.
El herido seguía dando a entender, con su mirada, el agradecimiento que experimentaba.
Y, una vez que el enfermero quiso darle la medicina, el enfermo se negó a abrir la boca, hasta que vió que era Bernadet quien le daba la cucharada.
Hacia la madrugada, el enfermo volvió a caer en el mismo desanimo de antes; y cuando el médico pasó, ordenó que le administraran los Santos Sacramentos, porque había empeorado.
Bernadet lloró amargamente y cuando Nuestro Señor se acercó a la cama, lleno de fe, exclamó:
-¡Señor, salvadlo!
El herido debió oir estas palabras, porque se miró a Bernadet con más amor que nunca.
Ni un instan Bernadet dejó de observar con los ojos el movimiento del moribundo.
De repente,, oyó el fatídico rumor de la ranera...
-¡El padre ha muerto!-gimió el desventurado-¡Corred que ha muerto!.
Dos enfermeros y una monja se acercaron:
-No aún no ha muerto.
Esto puede ser tanto la ranera, como un ronquido.
En aquel momento Bernadet creyó que era víctima de una alucinación. Un hombre terminaba de acercarse a la cama, y cogiéndolo amorosamente lo abrazó, lo besó, diciéndole:
-¡Bernadet, hijo mío, soy yo!
-Padre mi padre! ¿Cómo puede ser?-exclamó Bernadet, mirándo a su padre que estaba de pie, fuerte y sano y dirigió finalmente una mirada a la cama del moribundo.
-Se han equivocado al hacer la identificación. Yo estaba en el fondo de la mina, trabajando en el salvamento, y al no verme, mis compañeros confundieron a este pobre hombre conmigo, fijándose en que tenía el pelo rubio como yo.
Bernadet se abrazó a su padre y era tan grande la emoción que sentía que apenas podía llorar.
-Vamos, hijo mío-le dijo su padre.
Pero Bernadet volvió a mirar al herido, en el momento que este se lo miraba con ojos suplicantes..
-¡Oh padre, déjeme quedar!-exclamó Bernadet-¡Pobre herido mío!¿Qué hará sin mi?
El padre volvió a besar a su hijo y le dijo con voz enternecedora:
¡Hijo mío! Estoy orgulloso de tí, tienes un gran corazón.
El moribundo, después de dos noches de estar entre la vida y la muerte, se salvó. Pasada la crisis, nada más hubo que curarle las llagas, y esto no lo hacia nadie más que Bernadet, y el enfermo no se dejaba curar por nadie más.
Un día el enfermo pudo hablar y contó a Bernadet como desde el primer día se dió cuenta del error que había sufrido, y como presenció la escena con su padre.Le dijo el miedo que tenía que Bernadet se marchara y la alegría que experimentó cuando vió que se quedaba.
Aquel herido era el ingeniero de las minas, y no es necesario decir que tanto Bernadet como su padre fueron desde entonces protegidos por el ingeniero, que hizo que Bernadet estudiara una carrera y fuera un hombre de provecho.
Espero os haya gustado y es que D. José Maria Folch i Torres, hacía unas historias preciosas y ejemplares.
PAZ Y BIEN.
Desde Valencia con cariño, Montserrat Llagostera Vilaró